Cuando el viento duerme…

El viento yacía en la quietud del monte
y el monte respetó su total silencio.
Las nubes estancadas, osaban juzgar desde el cielo
todo lo que en la tierra no podían tocar.
El río, pleno de movimiento,
siguió solo su cauce y decidió callar.
Toda la naturaleza aguardaba que el viento
un día sin tiempo, volviera a soplar.
Pero respetaban tanto su fuerza,
que ninguno en su silencio, se le atrevía a hablar.

En una primavera, un ave migratoria pasó
sobrevolando este óleo de ya pintura seca,
aleteando alegre y en plena contemplación

sintió la falta del opuesto,

¡sintió el paisaje tan quieto!
Se acercó al majestuoso viento y le susurró:
– Dios del movimiento… dale entonación a mi vuelo,
¿de qué me sirven mis libres alas
si tu fuerza no se muestra rebelde
a mi terrible Universo de sueños?-

 

Al despertar, al comenzar un camino, puede ser que nuestro entorno se quede inmóvil o extrañado a pesar de nuestros revoloteos, puede ser que vean nuestro cosquilleo – y el desorden que generamos – como una locura pasajera, puede ser que simplemente nos observen desde una tranquilidad que a nosotros nos parece anormal. No es que no se note un cambio, pero no se atreven a preguntar o hacen las preguntas incorrectas – tratando de forzar una respuesta que nos encauce o los tranquilice – Así, se genera un tiempo de espera, en el que reina el deseo de volver a la supuesta normalidad.

Aún no lo sospechan, pero nosotros sabemos que no hay vuelta atrás. El camino se hace lugar sin permiso, la puerta es tan grande que ya toda nuestra existencia va hacia ella sin dudar. Y si el carruaje en el que veníamos no se adapta, no reacciona… inevitablemente nuestro ser se moverá hacia otro lugar. No sin antes intentar remover las cenizas, soplar, avivar un fuego extinto, o al menos confrontar.

Vane – fragmento de «La Reconstrucción hacia el camino que no existe»

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